domingo, 25 de octubre de 2015

Nunca se gana

            Vladimir era un ucraniano que cumpliría los treinta y seis dentro de dos meses. Para disgusto de su familia paterna nunca se posicionó con los prorusos, lo que granjeó amigos y enemigos por igual. El único rastro de aceptación lo encontró al alistarse en el ejército, algo de lo que no tardó en arrepentirse porque, en 2036, estalló la guerra contra el fanatismo. En el mar de Azov había tantos cadáveres que se podía caminar sobre las aguas; él estaba allí con su patriotismos y un AK frente a un enemigo que lo odiaba por ser protestante. No tardó en perder la fe en la patria, ya que siempre fue ateo.

            Fue en ese lodazal sangriento cuando conoció a Ivan, un oficial dispuesto a ganar aquella guerra. Combatió el fuego con fuego, fue uno de los primeros en darse cuenta de que aquella guerra no podría ganarse sin algunos crímenes; muchos creyeron que no tenía alma, pero la realidad es que la sacrificó para formar una sólida defensa.

            Años después Ucrania les pagó una miseria, les colgó un puñado de medallas y los nombró salvadores de la patria. Ivan, Vladimir y Sergei se vieron con una mano delante y otra detrás, pero Ivan era un demonio astuto dispuesto a sobrevivir a lo que viniese. Juntó a quien estuviera dispuesto a seguirlo y creció rápidamente en el próspero negocio del tráfico de armas.

            Dos años después, en 2050, Vladimir era su mano derecha y tenía el encargo de hacerse con el acceso al océano Atlántico. Viajo hasta la piel de toro, aprendió su lengua y comenzaba a hacerse fuerte en A Coruña, hasta ahora.

            Acababa de toparse con la reencarnación de los tercios viejos o simplemente a alguien más loco que él. Le habían jodido y en el proceso había pasado a cuchillo a su ejército personal. Ya no tenía fuerzas para presionar y tuvo que aceptar las migajas que aquel gilipollas le ofrecía.

            Se alisó la americana y miró la carta; no sabía qué esperaba encontrarse en aquella pizzería aparte de pizzas. Pasó los ojos de forma vaga por la carta y mandó a sus chicos a pedir, pues él debía hacer una llamada. Sacó su teléfono, suspiró sabiendo lo que venía y marcó.

            —Hola, ¿Ivan? —alguien respondió al otro lado—. Tengo noticias, algunas buenas otras malas —una mueca cruzó la cara de Vladimir—. Sí, señor. Las malas son que he perdido a casi todos los hombres, aún no sé la cifra exacta. Nos han expulsado de casi todos los mercados —apartó el teléfono esperando gritos, pero solo recibió una voz fría y cortante—. Señor, tenemos la exclusividad de las armas siempre que no sean nada NATO, no debería ser un problema ya que terminamos con ese material —la voz de Ivan se relajó—. Sí, señor. Me encargaré de que tengan un entierro digno. Murieron luchando señor, su pundonor está intacto —Ivan colgó.

            Vladimir se frotó el rostro y permaneció en silencio esperando su cena.

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